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A
menudo, en el 92 % de los casos, el obeso no come cantidades
excesivas de alimentos, sino que come mal y de forma desequilibrada.
La
distribución cualitativa de los alimentos en el obeso es
muy diferente a la de la población que practica algún deporte
(15 % de proteínas, 30 % de lípidos, 55 % de glúcidos, de
los que un máximo de un 5 % puede proceder del alcohol).
El
análisis del consumo de las distintas categorías de alimentos
permite por tanto realizar una primera corrección, haciendo
hincapié en el consumo excesivo de algunos alimentos y en
el aporte insuficiente de otros, justificados por prejuicios
o ideas preconcebidas.
Los
alimentos proteicos. Constituyen (junto con las fibras)
la base de la dietética de la obesidad, ya que, por definición,
aportan esencialmente proteínas. Sin embargo, su consumo
debe también restringirse. Demasiado a menudo nos olvidamos,
en efecto, de que los alimentos proteicos aportan también
lípidos y que por esta razón no debe despreciarse el valor
calórico de algunos de ellos.
La
leche. Un litro de leche entera aporta 35 g de proteínas,
pero también 50 g de glúcidos y 34 g de lípidos, esto es,
650 calorías. Aunque no es muy frecuente que se registre
un consumo excesivo de leche, excepto en algunos adolescentes,
es indispensable no tomar más que leche descremada, ya que
sin sus lípidos no aporta más de 350 calorías, es decir
35 calorías por vaso. Entre comidas, la leche constituye
un excelente tentempié.
Los
quesos. La concentración en elementos nutritivos de un queso
varia en función de su porcentaje de agua, que hay que tener
en cuenta para calcular el porcentaje graso. Así, es mejor
comer 40 g de un queso en porciones y un trozo de pan (habitualmente
unos 20 g), es decir 200 calorías, que un pedazo de gruyére
de 60-80 g sin pan (280-300 calorías).
Las
carnes. Siempre se lían sugerido raciones muy proteínicas
y se ha alentado el amplío consumo de carnes. Desde hace
un tiempo, los expertos en nutrición lían llamado la atención
de la opinión pública sobre el hecho de que, si las carnes
en general aportan el 20 % de las proteínas, suponen también
el 20 % de los lípidos "ocultos". Por consiguiente,
es muy importante controlar el consumo diario de carne.
Si se toma la precaución elemental de desengrasar la carne
antes de su consumo, esta objeción deja de existir.
Las
vísceras. No existe razón alguna para eliminar de la alimentación
del obeso el corazón, el hígado, la lengua, los riñones
o los sesos. Sin embargo, se debe comprobar que el equilibrio
orgánico del sujeto en cuestión no se encuentre alterado
por una hiperurícemía o un aumento de la lipoproteinemía,
ya que el aporte en proteínas de estos alimentos es interesante
(18-20 %) y su contenido lípídico bajo (2-6 %), pero son
pesados por su riqueza en colesterol (350 mg por 100 g como
media, pero 1.800 mg por 100 g de sesos) y en sustancias
purínicas. Teniendo en cuenta estos datos y si se cocinan
con el mínimo de grasas, su consumo está totalmente permitido.
Los
Fiambres y embutidos. Por el contrario, los fiambres, que
constituyen el aperitivo preferido de muchos, deben eliminarse
de la dieta, dado su elevado contenido lipidico (20-70 %).
Por cuanto respecta por ejemplo al jamón, este fiambre aporta
como media un 20-30 % de lípidos; por ello, no se admiten
más de 3 6 4 lonchas a la semana y desengrasadas.
La
caza. La carne de caza es la más pobre en lípidos: liebre
y conejo (2 %), perdiz (1,5 %), faisán (2 %) pato (4 %).
No existe por tanto razón alguna para prohibir la carne
de caza, siempre y cuando sea luego preparada con poca grasa.
Las
aves de corral. En el pollo. la gallina, el pavo común y
la tórtola las grasas se encuentran en la piel. Si se consumen
sin piel, son carnes magras (7-10 %) que permiten variar
el menú.
Los
huevos. Aportan el 13 % de proteínas (menos que la carne)
de óptimo valor biológico (la proteína del huevo es la proteína
por excelencia), pero contienen un 12 % de lípidos, lo cual
limita su consumo, al tratarse de lípidos con un alto porcentaje
de colesterol (270 mg por 100 g), lo cual no es deseable
en sujetos con un exceso de peso.
El
pescado. El pescado aporta en general menos del 10 % de
lípidos. Además, los ácidos grasos de los aceites de pescado
son poliinsaturados (por ejemplo. los lípidos de la sardina
aportan un 25 % de ácidos grasos saturados, frente al 25
% de ácidos grasos poliinsaturados) y esto supone una ventaja
suplementaria cuando el obeso es hiperlipémico.
Los
alimentos Iipídicos. Los alimentos lípidos tienen la molesta
propiedad de ser muy ricos aun teniendo un volumen reducido,
lo cual limita su uso.
Es
mejor comer un poco de queso con pan que una ración abundante
sólo de queso.
La
mantequilla. Aporta un 84 % de lípidos y 16 g de agua. Quede
claro que prácticamente debería suprimirse su empleo; sin
embargo, sólo la grasa habitual aporta vitamina A, lo cual
podría (si además e] régimen es pobre en legumbres verdes)
plantear inconvenientes, especialmente en relación a los
mecanismos visuales y a la integridad de la mucosa cutánea.
Los
aceites. El aceite es el alimento más rico que existe, ya
que es un alimento lipídico puro, sin agua: una cucharada
sopera de aceite de 15-20 g aporta 135-180 calorías. Su
consumo debe controlarse rigurosamente en cualquier dieta.
Las
margarinas. La legislación actual establece que las margarinas
deben tener un 16 % de agua y, al igual que la mantequilla,
un 84 % de lípidos <el 15 % de los cuales deben ser aceites
vegetales fluidos, como de cacahuete o girasol; el 3 % aceites
vegetales sólidos y el 1 % aceites animales tipo ballena).
El valor calórico de las margarinas es por tanto idéntico
al de la mantequilla. Sin embargo, el hecho de que la margarina
sea vegetal hace que a menudo el consumidor piense que su
aporte calórico es inferior; por consiguiente, es necesario
medir de forma adecuada su consumo.
Las
demás grasas animales. Deben eliminarse de la dieta.
Los
alimentos glucídicos. Cuando el obeso no es un consumidor
desmedido de lípidos, en términos absolutos y en términos
relativos, es un consumidor desmedido de glúcidos. Aunque
el consumo medio sea de un 50 % de glúcidos, es frecuente
ver cómo se consume un 60 % o más de hidratos de carbono,
que son los que provocan o mantienen el aumento de peso.
El
pan. Aunque el consumo global disminuya de año en año, el
obeso consume mucho pan. El sabe que el pan engorda, pero
no deja de asombrarse cuando se le dice que una insignificante
ración de 100 g aporta 250 calorías.
Las
galletas y los pasteles. Compuestos esencialmente por grasas,
harina, leche entera y azúcar, ninguna pasta o pastel puede
ser adelgazante, al contrario de cuanto puedan dar a entender
ciertos anuncios publicitarios.
La
pasta y el arroz. Si el obeso entiende en general la necesidad
de suprimir las pastas de la dieta, manifiesta en relación
al arroz una actitud favorable y lo considera poco nutritivo.
Ahora bien, 50 g de arroz, peso habitual de una ración normal,
aportan 175 calorías, lo mismo que aportan 50 g de pasta.
Las
patatas. Su eliminación de la dieta suele en general tolerarse
bien. No obstante, cuando no existe razón alguna para. prescribir
un régimen demasiado estricto, puede aceptarse un consumo
racional de las mismas.
Las
verduras. Constituyen la parte esencial de la dieta, ya
que no aportan más que 20-40 calorías cada 100 g Su consumo
puede por tanto ser prácticamente ilimitado.
Las
legumbres secas. Aunque ricas en proteínas (20-25 %), contienen
demasiado almidón (60 %), por lo que es mejor evitarlas.
La
fruta. La fruta, sobre todo la manzana (que forma parte
a menudo de las dietas adelgazantes), tiene fama de no engordar.
La fruta aporta en realidad entre un 15 y un 20 % de glúcidos,
a veces incluso más, como ocurre en el caso de la uva: 25
%. Esto quiere decir que un racimo de uvas de 250 g equivale
a ~2 terrones de azúcar. Los cítricos contienen menos azúcar
(10-15 %).
El
azúcar y los productos azucarados. Los dulces, al igual
que el azúcar, aportan 400 calorías cada 100 g, la miel
300 calorías cada 100 g, el chocolate 500 calorías por 100
g y las mermeladas 250-300 calorías cada 100 g. Todos estos
alimentos deben por tanto evitarse, así como las cremas
y los helados.
Las
bebidas.
Las
bebidas alcohólicas. A menudo basta con suprimirlas de la
dieta, sin cambiar nada de la alimentación habitual, para
obtener el adelgazamiento deseado.
De
todas formas, las bebidas alcohólicas están totalmente prohibidas.
Sin embargo, la experiencia demuestra que en materia de
bebidas alcohólicas existe una adicción tal que puede resultar
imposible limitar su consumo a un solo vasito diario. Ahora
bien, al margen de los problemas tóxicos que crea el alcohol,
su aporte es de:
560
calorías por litro de vino de 100:
280
calorías por litro de cerveza de 50;
2.240
calorías por litro de whisky de 400;
es
decir, para cantidades normales;
150
calorías por 2 vasos de vino (más, por ejemplo, que un bocadillo);
85
calorías por 250 ml de cerveza;
120
calorías por un whisky mediano.
Las
bebidas azucaradas. Se trata de los zumos de fruta presentes
en el mercado, los refrescos y las bebidas, de frutas, con
o sin gas.
Todas
estas bebidas aportan azúcar, en proporciones nada despreciables
(10-15 %). Es indispensable atraer la atención del obeso
en relación a este riesgo de consumo de azúcar.
Los
productos dietéticos. Son pobres en glúcidos y en lípidos,
y a veces están enriquecidos con prótidos. Estos productos
pueden resultar muy útiles durante una dieta adelgazante,
aunque es necesario recordar siempre al obeso que no existe
ningún alimento adelgazante y que estos productos no pueden
más que reemplazar ciertos alimentos o ciertas comidas,
pero no añadirse a la dieta.
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